Una leyenda trinitaria: el güije que convirtieron en santo

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Yosvaldo Saroza

Leyendas

“Ser o no ser”. Así decía el dubitativo Hamlet, según me contó al oído mi cúmbila Guillermito Shakespeare, una noche de excesos cerveceros en un pub cercano al londinense Teatro El Globo.

Sí, “ser no no ser” era la divisa, la consigna, el slogan –como hoy diría un publicitario—  del príncipe de la helada Dinamarca, allá en el castillo de Elsinor, por donde vagaba el fantasma de su padre. En efecto, “ser o no ser” representa la disyuntiva máxima, la encrucijada definitiva de un ser humano.

Ah, pero las encrucijadas pueden ser varias. Y uno se pregunta hasta qué punto la interrogante hamletiana puede transformarse en ésta otra: “Creer o no creer”.

Así que decida el ciberlector –según su buen juicio y mejor tino—  si cree o no cree lo que enseguida voy a contarle.

Pero hay que guardar la ropa. Y este humilde emborronador de cuartillas declara a su favor que en lo que sigue no ha puesto de su cosecha ni un alpiste, sino que se remite a lo recolectado en la exuberante floresta popular. Y puedo repetir lo dicho por Confucio: “No soy el que crea, sino el que transmite”.
De Elsinor, me voy pa´  Trinidad

Hacia la cintura de la Isla hemos partido, pertrechados de armas y bagajes, para enterarnos de que, según dicen los trinitarios—  jurando mientras besan el signo de la cruz que forman pulgar e índice—, por aquella comarca anduvo San Juan Bautista, el  hijo de Isabel, el sobrino de María, el primo de Jesús.

Así lo narró en 1945 Don Francisco Marín Villafuentes, historiador de Trinidad:

“De labios de viejos troncos familiares se transmitía la leyenda según la cual ese dulce remanso que llaman Charco del Negrito había sido teatro de horripilante tragedia.

“En los días nefastos de la esclavitud, cuando los hombres arrastraban un infame grillete, surgió allí un nuevo Espartaco. El charco fue refugio del bozal y, huyendo de las persecuciones, tras ver diezmada su familia y destruido su conuco, se ocultaba en sus aguas verdinegras”.

He ahí el núcleo de la leyenda que años después haría transitar a un personaje bíblico por la comarca trinitaria.Y continúa el testimonio del historiador trinitario:

“La tradición afirma que algún genio fugitivo brindaba su abrigo al esclavo, pobre víctima de la crueldad humana. ¿Sería la Ninfa del Táyaba, sirena que tenía su alcázar de algas en las profundidades del charco?

“Lo cierto es que podía haber delatores: un guajiro que viera sentado en las piedras de la orilla al negrito errante. Pero sus perseguidores jamás lo encontraron, ni aún bajando al fondo del charco. Y tan pronto se alejaban, podía mirársele sonriente, lustroso, luciendo al sol la hirsuta cabeza, y en la boca, cual un coco abierto y labrado, la dentadura de felino”.

La imaginación popular –hábil maga prestidigitadora—  creó su primera metamorfosis: transformar al cimarrón en un güije, el travieso duende de las aguadas cubanas, tan aficionado al dulce de guayaba y al aguardiente, y a pellizcar con lascivia a las bañistas.

Pero aún quedaba un segundo cambio portentoso. Según la copiosa, inacabable, ingenua y poética fantasía del pueblo, el negro se iba a convertir en el mismísimo profeta que proporcionó a El Crucificado las aguas bautismales.

Sí, el güije del Táyaba, allá en Trinidad, fue identificado en el imaginario de la gente con San Juan el Bautista. Que lo cuente el historiador Marín:

“No faltaban los que decían haber visto al negrito derramando agua con una jícara sobre la cabeza de alguno que otro muchacho que acudía a bañarse en las orillas del charco. Así fue aumentando la leyenda, y, arrastrados por ella, acudían al Charco del Negrito hombres, mujeres y niños, y nadie dejaba de ver en una piedra, alisándose el cabello con un peine de oro, al legendario güije, con los ojos hechos ascuas”.

Maravillas del folklore: al original San Juan el Bautista lo degolló Herodes Antipas por instigación de Salomé, pero el güije cubano, negrito cimarrón, se burló de todos sus perseguidores y lo identificaron con su antecesor martirizado.

(Ya lo dije al principio: en casos como éste, la disyuntiva no es “ser o no ser”, sino “créalo o no lo crea”).

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